domingo, 27 de junio de 2010

UNA VIDA CONTIGO, CARMEN

Querida Carmen:
Aquí estoy en el despacho, con su eterno olor a humo, que han vomitado las chimeneas de mis amigos por última vez, aunque sin ellos saberlo. Por fin hoy, pongo la última letra, hoy consigo despedirme de ti. Decir adiós. Sé que esto te sorprenderá, normal.
No quiero con estas pocas y ridículas palabras contarte mi vida, porque no la entenderías. Tampoco quiero darte pena. No. Lo único que quiero es que tengas un vago recuerdo de mi persona. Que recuerdes de mí, algo más que mi triste figura y mis eternas ojeras, por leer estos libros que, para ti, sólo servían para acumular polvo en la casa y en mi cabeza.
Has pensado siempre que era una pobre persona, un desgraciado. También lo has hecho con mi familia. Vale, sé que no somos de tanta categoría como la tuya, puede que mi padre no sea un gran escritor, pero tenemos dignidad.
Yo no soy tu gran obra de caridad, una persona que puedas moldear a tu gusto, no. Sé que te compadeciste de mí nada más verme, pero yo no lo necesitaba, de veras. Nunca he dependido de ti. Tenía mi vida, aunque a ti no te gustara, pero es así.
Aún a pesar de llevar tanto tiempo juntos, no nos conocemos, no tenemos ni idea de lo que quiere el otro, de cómo es. Tan sólo sabemos lo que queremos; una pequeña parcela en la cual nos hemos acomodado y no hemos sabido salir de ahí.
¿Por qué nunca hemos hablado de lo que queríamos? ¿Tan difícil era? Vivíamos juntos, pero éramos dos extraños. La única unión que teníamos eran los niños. Y ni siquiera en eso nos poníamos de acuerdo. Cada uno quería imponer lo suyo, sin pensar si era lo mejor o lo peor para ellos.
¡Qué va! Los dos hemos sido unos cabezotas que no hemos sabido ceder en ningún momento. Yo siempre me he empeñado en que estudien, en que sean alguien en la vida. Pero tú no. Tú te empeñabas en que les dejara en paz, que hicieran lo que ellos quisieran, que, ¿para qué estudiar? Que eso no servía para nada. Que no queríass que acabaran como yo, con la cabeza llena de pájaros y escribiendo mis libros.
Sé que nunca te han gustado, lo sé. Pero ahí están reflejadas mis ideas, eso es lo que yo soy. Además, te enfadabas porque tus amigas los leyeran e incluso intentaran entenderlos, ¡pobrecitas!, decías. Eso es lo que más he odiado de ti, que siempre te compadecieras de la gente, queriendo ir de alma caritativa, como si fueses la justiciera.
Por todo ello, quiero que los niños sigan estudiando, incluso ellas. Porque creo que es lo mejor. Aunque igual ahora que no estoy por fin haces lo que siempre has querido, y no te lo reprocharía. Pero de verdad, Carmen, hazlo por ellos, deja que sigan estudiando, porque en un futuro lo agradecerán. Estoy seguro.
Así no serán como yo, un desgraciado, que eso es lo que he sido. Quiero que ellos se puedan labrar un futuro por sí mismos, que no necesiten de nadie.
Eso es lo que yo quiero. Y esto no es otra de mis tantas ideas de proletario, que no. Que tú siempre te has compadecido de todo el mundo, pero nunca has ayudado a nadie, no. Tú siempre primero. Siempre con tus comodidades y caprichos.
Como con el coche, ¡estoy harto del coche! Mira que te decía una y otra y otra vez que no, que no había dinero, pero tú seguías insistiendo. Siempre me hablabas de Paco, de cuando te llevó en coche y de cómo había cambiado con el tiempo. Que yo debería de hacer lo mismo. Pero no, cada uno es como es. Y si te gustaba el tal Paco, pues haberte ido con él, oye. Pero no, tú seguías a mi lado. Claro, tenías que acabar tu misión. Tu obra de caridad.
Igual ahora que ya se ha cerrado este capítulo de tu vida, acabando con la mía, igual ahora puedes hacer todo lo que siempre quisiste. Igual ahora puedes irte con cualquiera de los que, según tú, te siguen mirando con ojos golosos, igual ellos te aprecian más.
Que seas feliz ahora.
Mario.

Texto, escrito el 14-abril-2007, carta de despedida de Mario a Carmen inspirado en la obra Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes.