lunes, 30 de agosto de 2010

HOJA EN BLANCO


Ahí está mirándome otra vez, como siempre, la página en blanco de mi vida, se presenta ante mí aterradora e insondable, como el ancho mar en el que me da miedo ahogarme, pero en el que tampoco nado; sólo me quedo en la orilla oteando el horizonte, como un mito inalcanzable, como pirata cegado por la fuerza del sol, de la esperanza.

Pero vaya donde vaya, vuelve la terrible hoja, me persigue; blanca, fría...Aterradora. Incluso parece gritarme: "¡Haz algo, ya! ¡Venga!". Palabras no de ánimo, como las de un padre ante un examen, sino dichas con la rabia de un entrenador ante el peor partido de su historia.

























Escena de 'Desayuno con diamantes". 

El marcador de momento, va cero a cero, pero no hay contrincantes y el único jugador aún no se ha puesto la camiseta. Sigue aferrada a su pijama como si eso le sirviera para vivir en sus sueños, escondida tras las sábanas de su mudez e indiferencia. Está aterrada, no se atreve a dar  ni un mísero paso, se imagina el suelo frío y cortante, como lava, y no quiere volver a caer. Prefiere quedarse quieta, piensa que así no pasará nada, más que el tiempo, que sólo escucha por los golpes del reloj del salón, lo único que la mantiene atada a la realidad, que le recuerda que ha abierto los ojos y no tiene que pellizcarse, que empieza la rutina.

Y ella sigue gritándole impaciente, en medio de una maraña de apuntes ininteligibles, llenos de colorines, como si eso la animara; de libros que quiere vivir; de títulos de películas que le gustaría haber realizado, con personajes de los que se ha enamorado. Sigue gritándole, y ella no se atreve ni siquiera a poner un punto, no puede, porque sabe que si lo hace, habrá dado el pistoletazo de salidaa y no, no puede. Serían como los primeros pasos de un bebé, todo el mundo los espera, porque son algo obvio, pero siempre dan miedo, porque han dado un paso adelante. Y no se sabe nunca cuándo van a a ocurrir, e incluso puede que no estés delante.


Katherine Hepburn.

En esos momentos, el bolígrafo le tiembla entre las frías y neuróticas manos, que de repente se han convertido en las de un viejo, con nostalgia de niño, son todo, su miedo a lo que viene y su inocencia ante lo desconocido. El sudor empapa su frente por la que van pasando recuerdos y deseos inconexos, todos acompañados con una estúpida música infantil de fondo, la banda sonora de su vida. Cómo le gustaría regresar ahí , pero ya no puede, esas páginas le fueron arrebatadas brutalmente, de un plumazo, casi antes de terminar de escribirse, como un cruel castigo para el que todavía no estaba preparada; pero como venganza siempre quedarán vestigios en ella, en su voz, en su pensamiento. Por eso, mira a su alrededor, en una habitación, en una casa que es más que casa, es un refugio, es hogar; y sólo ve: osos, carteles de sus películas y famosos, muñecas arrinconadas por nuevos artistas y fotos, muchas fotos con caras sonrientes, de momentos congelados.

De repente, se coloca en el centro de ese patético mundo creado en diecinueve años, y comienza a dar vueltas y más vueltas sobre sus pies descalzos, llenos de ampollas por la costumbre, y todo se le confunde y le gustaría que lloviera; hasta que cae redonda de bruces sobre el suelo, agotada y mareada, riendo o llorando, o incluso cantando. Su mirada, se vuelve negra y no oye más que un leve zumbido, muy tenue, que le martillea en las sienes, cada vez más fuerte; ni siquiera oye el rumor de su corazón, cada vez más débil. Sólo el zumbido de su cabeza en funcionamiento, como el mecanismo de una calculadora, intentando buscar las palabras adecuadas, que no encuentra. Le parece que está en una vieja y oscura mansión, llena de viejos y apolillados libros, que nadie quiere, de donde salen, la rabia, el dolor, la frustración y la melancolía, pero, sobre todo, miedo, mucho  miedo. Se siente impotente, como quien oye el ruido de un grifo gotear y no lo puede parar, porque ella sabe que  esos, son sus libros. Que ese miedo ahora empieza a recorrer por su cuerpo haciéndola temblar, y no consigue calmarse, sus ojos se despiertan sobresaltados y se ahoga, el aire no le es suficiente, necesita algo más; las palabras se le amontonan en la boca, hirientes y amargas, como el sabor de una mala y pesada comida. Luchan unas contra otras por salir, pero no hay sentido; el estómago se revuelve porque quiere vomitarlas, y el corazón va descompasado porque no quiere oírlas. Y al final lo único que puede decir, es:"¡Basta!". Y se encoge otra vez en la cama, cada vez más encogida, más y  más, hasta adoptar una postura fetal, que le consuela.

No puede escribir eso, no puede empezar así su historia, no. No puede hacerlo con palabras llenas de furia, hirientes, que cortan el aire y el aliento como cuchillos de dientes afilados y lenguas bífidas, no. Pero ella se cansa, está ahí esperando, incluso se ha hecho un hueco en tu escritorio, y está en el centro, mirándote desafiante, pidiéndote que le prestes atención, ser la única, tu musa y obsesión.

Y tú huyes, huyes. Hasta que te topas con un espejo, ese donde te has arreglado tantas veces, donde te lavas la cara sin verla, donde ignoras tus ojeras. Y ves una cara asustada, un pelo revuelto y unos ojos pequeños y tristes, y dices: "¿Soy yo?". Sí, eres tú, reconoces cada parte de ti, e incluso estiras tus menudas y afiladas manos deformes como toda tú y pálidas; e intentas dibujar tu fisonomía, acariciando y analizando cada defecto y recordando cada cambio, vas siendo consciente del paso del tiempo, de tu cara de niña, de la que sólo quedan en el mismo sitio, las pecas de siempre. No eres la misma, tu cara se ha afilado, tu mirada limpiado y tu pelo... alborotado. Pero sabes que falta algo y no sabes qué, y es entonces cuando ignoras todo y no sabes siquiera ni cómo es un rostro, que nunca los has sabido dibujar correctamente, que parecen máscaras fugaces, pero nunca se te olvidaba de dibujar una cosa, que dejabas siempre para el final, y era la boca con una enorme sonrisa, que a veces incluso sacaba la lengua. Eso es lo que falta, tu sonrisa. Y poco a poco y sin necesidad de cosquillas vas recordando lo que es eso de reír, y vas haciendo muecas hasta que ella aparece, y es entonces cuando sí que puedes decir: "Sí, esa soy yo".


Drew Barrymore, como la Bella. FOTO: ANNIE LEIBOVITZ

Te sientes con fuerza, optimista. La canción ha cambiado, y hasta llegas a bailarla con soltura. Hasta que esa maldita hoja pasa ante tu mirada, y te quedas paralizada, ya no sabes qué hacer, y pasas a una canción lenta, romántica, quizás una banda sonora. Y tarareándola, levantas la vista esperanzada y la ves caer de color marrón, poco a poco en su lento bailoteo descendente al ritmo de tu canción y es cuando te das cuenta de que las cosas pasan, lentas, rápidas, con ayuda del viento o la pesadez del silencio, ante una mirada atónita.

Sara (Michelle Jenner) y Aitor (Mario Casas), en 'Los hombres de Paco'. FUENTE: ANTENA 3

Y justo en ese preciso instante, en el que toca el frío suelo invernal, confundiéndose con el resto; bajas la mirada y descubres que tu hoja ya ha sido estrenada, que hay una leve lágrima con el dibujo de una sonrisa, la tuya. Que te hace escribir la primera palabra, "ánimo", mientras notas aún su calidez en la mejilla. Ya has empezado y no hay vuelta atrás. Ahora, por fin, no sólo eres consciente de que hay vida más allá de tu solitaria y fría habitación. Tan sólo tienes que arreglarte, recoger la sonrisa del espejo, meter la primera hoja en el bolsillo y seguir escribiendo.

No tienes guión, no eres una vulgar actriz con un pésimo director; sino que eres tú, la que va a llenar por sí sola esas anhelantes butacas que te están esperando desde hace tiempo. Y si eso no funciona, siempre puedes volver a encerrarte en la cama y recordar una vieja nana.