lunes, 4 de octubre de 2010

LA PRINCESA DE LA LLUVIA CANTARINA





Mónica Bellucci. 

"¡Buenos días, princesa!", susurra el viento en su oreja tras la ventana entreabierta para no tener miedo por la noche; que hace que en estos momentos, agujeros de luz, como pequeñas pompas le den de lleno en toda la cara. Pero eso no importa, no se va a molestar en levantarse, estaba muy a gusto soñando, hasta que ese extraño viento le ha revuelto el estómago. Una sensación,  bastante conocida. 

Robert Pattinson. 


Mientras,  él,  perdido en la noche, en la oscuridad sin agujeros; se siente solo entre tanta gente que se encaminan hacia un bar; se sitúan en la esquina de siempre, en la que solía arrinconarla, para hacerla rabiar, pero ahí, ya sólo hay vasos olvidados y el cuadro de su actriz favorita.  Tras dudarlo, y sin muchas ganas, pide un vodka con limón, no es que le guste mucho, más bien al contrario, pero es la bebida que ella siempre tenía en los labios. Pero ésta en lo  único que se parece a ella, es que le produce las mismas sensaciones: le marea y le confunde, a parte de hacerle pensar que puede con todo, pero los efectos se  desvanecen con rapidez…
Escena 'Alicia en el país de las maravillas'. 

Remueve el hielo en un estúpido baile, como si de las  caderas de ella se tratase; igual de frías al principio pero que poco a poco, después de varias vueltas, se derretían entre sus brazos. Después, como hiciera desde hacia tiempo en la intimidad, se lleva el hielo a los labios, para sentir como si ella le besara, pero nada, sólo frío que se le escurre por la cara. Incluso hasta es capaz de fumarse un cigarro, para sentir un desgarro diferente en el corazón, otro tipo de dolor. Además,  recuerda lo que ella siempre le contestaba cuando para animarla por su corta estatura le decía que los buenos perfumes siempre vienen en frasco pequeño; entonces ella, sonriente, le decía: “Y el veneno, también”. Era algo que le había enseñado su padre, como tantas otras cosas, que él guardaría en la memoria. En esos momentos, se emborracharía de ese veneno, de su mayor droga, el mono que sentía podía con él; moriría cual Romeo por amor, pero sin su Julieta. Se lo bebería entero, para poder sentirla, en sus labios, en su garganta, en su cuerpo para siempre; para que las causas de su defunción fuesen intoxicación por el veneno de una pequeña chica. Se ríe de lo estúpido que suena hasta en sus oídos, puesto que ninguno de los dos han sido nunca muy partidarios de las grandes historias de amor, sino, tan sólo había que ver cómo habían acabado ellos, que más bien parecían los amantes de Teruel.
Sin que nadie se de cuenta, sale a la calle, con la lluvia cayendo sobre él, como en sus comienzos, como de si de una broma del destino se tratara; siempre que quedaba con ella, llovía. Era instantáneo, casi más eficaz que el viejo truco de lavar el coche o regar las plantas; puede que fuera por eso de que todo lo que se estrena, se moja, y ellos estaban estrenando algo. Así que  ella,  ya cansada y divertida con esos juegos del tiempo, se había inventado una historia, y era que cada vez que lloviera sería un te quiero que le mandaba y cada trueno un beso a rugidos. Con esa historia en la cabeza, el "te quiero" en la boca y el beso en la mejilla, empieza a saltar sobre los charcos, pero no lo hace como ella, con esa risa cantarina, que uno deseaba que hasta no saliera el sol... como ahora.


'Desayuno con diamantes'. 

Sus pasos, tristes, le llevan hacia un mendigo, de esos que a ella le entristecían la noche, eran una de las tantas cosas que la hacían llorar, porque en el fondo, era una blanda. Una pobre niña soñadora.
Se pone a leer el cartel, intentando encontrar las faltas de ortografía, un vicio de ella…Ella, con su arte de escribir y su mal decir, casi lo conseguía todo, te hacía sentir calor en pleno invierno, sólo si te veía con las orejas rojas y las manos en los bolsillos. Intentó hacer lo mismo y en forma de rompecabezas escribirle algo con esas tristes palabras, pero no pudo, no estaban hechas para ella. Aunque él sabía perfectamente lo que tenía que decirle, pero no estaba dispuesto a rebajarse tanto, no, sus lágrimas eran demasiado orgullosas y él demasiado poco fuerte.

Escena de 'Tres metros sobre el cielo'. 

Pensó en sentarse a su lado, mendigando un poco de amor, de su amor, porque él, también estaba hambriento, hambriento de ella. Así, que se sentó esperando unos zapatos rojos de andar cabizbajo, mientras pintaba en el suelo sonrisas del revés, pero  no pasó nadie así. Nadie era como ella, nadie era tan perfecto con tantos defectos. Nadie en el vacío del banco, nadie agarrando su mano. Se había mojado el pantalón para que nadie se sentara sobre sus rodillas. ¿Con quién estás? Con nadie, pensó. Con nadie.



Y así, mirándose los dedos encallecidos, recordó que ya había pasado un año. Y entendió perfectamente en esos instantes, tan sólo durante una fracción de segundo, porqué ella odiaba los números; el número de veces que no había bailado con ella, el número de besos que quedaron sin darse, el número de  "te quiero" perdidos, el número de viajes no realizados, de sitios no visitados, de películas sin  ver; sí, definitivamente los odiaba, porque un uno, como el de un dedo acusador, es muy triste. 

Se sentía tan triste como un  niño al que se le acaba de escapar el globo que su madre le ha comprado en las ferias, y que ahora juega en el aire, a la deriva. Así se siente él, extraño como ese niño que no sabe qué ha pasado, triste porque ha perdido algo que quería, a la deriva como ese globo y sin el abrazo de la madre que le consuele con la promesa de comprarle otro.
Con el dedo índice extendido, sin ningún globo enganchado a él,  camina hacia el coche de un amigo,  porque él tiene miedo a tener uno propio y ya no tiene a quien llevar y ningún sitio a donde ir. Dentro, piensa en la cantidad de sitios a los que podría haberla llevado, pero ya no tenían billete y la estación de autobuses no era lo mismo sin sus gritos que le arañaban la mano entre las palomas. No, nada era lo mismo. Además las bolas del mundo, para ellos, vagaban errantes, cual balón de fútbol que no se ha jugado bien, y él, había perdido la partida.


Sus lágrimas, olvidando el débil orgullo, empiezan a caer con tanta soltura como las gotas por el cristal, y las cuenta, una, dos, tres… Tantas como veces ha intentado olvidarla y descubre con cierta tristeza como éstas chocan contra el borde y se apagan, aunque él intente salvarlas recorriéndolas con sus dedos, no queda ni una, tantas como las veces que ha conseguido olvidarla.

Johnny Depp, en 'Cry baby, el lágrima'. 

Dibuja su nombre entre los restos, como hubiera hecho ella, poniendo el de los dos, eso es lo que le encantaba, el jugar como una niña, una edad que ya había perdido, como a ella.
Se abrazó al peluche que siempre estaba en la parte de atrás, tirado, ese con el que en los viajes ella siempre jugueteaba, e intenta recordar así su olor. En cómo ella se acercaba a su cuello, mezclando en el recuerdo el del Nenuco de sus primos, siempre tan infantil y soñadora, y en el fondo, cariñosa, sí un poco cariñosa era entre golpe y golpe.

Pone la radio, para ver si así consigue distraerse un poco y puede dormir algo antes de que venga el resto e interrumpa en sus pensamientos; pero en todas las cadenas estaba ella, todas las noticias la recordaban y las melodías la cantaban. Cuando de repente, oye una frase que le suena de algo, mucho, demasiado: Es otro día más sin verte. No, piensa, no puede ser, es la canción que ella me solía cantar por las noches con su voz aguda, que le tapaba con la mano que ella chupaba  juguetona para poder librarse, casi puede sentir que está ahí, en el asiento cantando sólo para él, en un concierto íntimo muy íntimo, se pone a cantar también, no le importa que puedan oírle, la vergüenza le da igual, si ella le mira y sonríe. Hasta que la voz del locutor le despierta diciendo el nombre de uno de sus cantantes favoritos, que él odiaba escuchar cuando iba a su casa, pero en esos momentos correría sólo para hacerlo, hasta se haría su fan.

Es otro día más sin verte, Jon Secada


Se descubre, solo, en un coche ajeno, abrazado a un estúpido muñeco sin olor, y le susurra a ese locutor desconocido, como si él pudiera mandarle el mensaje en el siguiente boletín. “¡Buenos días, princesa!”.




  Al otro lado de la ciudad, a ella el aire le pita en los oídos y siente un escalofrío. Las noches de lluvia siempre eran iguales. Con el "te quiero mojado" en la ducha y ahogado en el primer café; él para combatir la resaca, ella para despertar los sueños.