sábado, 22 de enero de 2011

CON LA MALETA A CUESTAS 49 AÑOS


 Derecha, izquierda, derecha, izquierda... Siempre el mismo movimiento con mi mejor amiga, la escoba. Sí, soy una fregona. Una mujer fregona. Al menos eso es lo que deben de pensar mi marido y mis hijos cuando me ven. Tan sólo soy una pequeña figura que se pasea sinuosamente  por la casa, recogiendo todo lo que ellos van tirando a su paso. Hay veces que no sé si vivo con personas o con animales. De veras. Calcetines, pantalones, revistas... ¡Qué desastre!
 Tengo unas ganas de cambiar de aires... ¡Qué bien hizo Enrique al irse a Madrid! Aunque esa es otra preocupación más para una madre, que para cuando nos queremos dar cuenta, ya nos han cambiado el biberón por la litrona. 
Bueno, esto es más propio de su hermano pequeño; este sí que es un cabeza loca, algún día me va a matar de un disgusto, en serio.  El otro día, sin ir más lejos, llegó a las ocho de la mañana a casa. Sabe Dios de dónde vendría, porque últimamente lo que es en casa no se le ve el pelo más que para comer y dormir. Parece como si el señorito viviera en una pensión, y que no, oye, que las cosas no son así, que va a tener que espabilar. Además, me lleva unas pintas. Yo no sé si es mi hijo o un payaso; con esa cresta de colores, los pantalones negros que se los pisa, y mira que yo me empeño en cogerle el dobladillo, pero él me dice: "No, mamá, que se llevan así". ¿Y también se llevan enseñando el culo? Por favor, es que no se puede salir así a a la calle. Que entiendo que una tendrá sus años, pero tampoco estoy tan mayor, lo que pasa es que hay cosas que yo no consigo comprender; no sé, nosotros no éramos así, teníamos un poco de cabeza. No dábamos tantos disgustos en casa. Además, que yo no iba con esas minifaldas tan cortas, que parecen cinturones anchos, como llevan las amiga de Samuel, que no. 
 Cuando va a salir, intento arreglarle un poco, le subo los pantalones, le ato los cordones de esas zapatillas que lleva que parecen barcas. ¡Señor! Él verá lo que hace porque es un caso perdido. Además, cada vez estoy más preocupada porque pienso que tiene problemas auditivos, con esa música satánica que oye. Estoy todo el día igual con él: "¡Samuel, baja eso de una maldita vez!" Pero siempre recibo la misma contestación: un portazo en toda la cara y el consabido: "¡Déjame en paz!" ¡Ay, no sé qué hace con este niño! Bueno, supongo que será porque está en la horrible edad del pavo. Pero es que su hermano no era así, ¡qué va! Él era mucho más formal, y ahora, ya ves, en Madrid, estudiando para abogado, siguiendo los pasos de su padre. ¡Qué contenta estoy!
 Uy, voy a ver qué ponen ahora en la tele, seguro que nada interesante, pero bueno, por pasar el rato; es que estoy tan sola, además, nadie se da cuenta de ello. Tengo 49 años, cerca de la crisis de los 50, cuando  llegas a una edad en la que piensas que no sirves para nada y que eres una bola llena de grasa a la que no hacen  caso, ¿para qué? ¿qué puede decirte una simple chacha? Pues mucho, oye, mucho. 
 No hay nada, tan sólo mujeres gritonas y famosas de postizo que se quejan de que están cansadas. ¿De qué?, me pregunto yo, ¿de ir de vacaciones? Ya me gustaría a mí también cansarme así, pero hace mucho tiempo que no salgo de Toledo; Luis tiene mucho trabajo o, al menos, eso dice. ¡Bah! Excusas. 
Cuando venga le voy a pedir que nos vayamos unos días a Madrid, tan sólo unos días, con lo mínimo. Que yo en un momento cojo la maleta, meto mis vestidos, un par de zapatos... y listo. Rumbo a la capital a pasar algunos días en cualquier hostalito, como cuando éramos novios, ya nos apañaremos, oye. Y Samuel, pues que se quede unos días solo en casa, que no creo que le pase nada por ello, que se las apañe. Que su padre y yo tenemos derecho a unas vacaciones. 
 Decidido, cuando venga Luis, antes de dejarle hablar, le voy a plantar uno de esos besos que dejan sin aliento, para que así no pueda pensar en la maleta que escondo detrás. Y diga por una vez: "Sí, Anabel, lo que tú quieras, cariño". 


(Escrito el 7 de abril de 2007).