Creo que después de esa bomba, algo explotó en mí, no sólo el miedo, sino también la extrañeza de pensar que nunca podría decir lo que de verdad quiero, que podría que nunca te diera ese beso de buenas noches que te debo. Pensar que pensé en llamarte, sólo para decirte "estoy bien", me resultó estúpido, menos mal que tú te preocupas por los dos.
 No quiero tener que decirte la palabra prohibida. Palabras. Hay tantas que he aprendido contigo, más de las que podemos decir en nuestras conversaciones; tantas como las veces que me has evitado llorar, sin saberlo. He aprendido más de lo que me esperaba, yo que creía que existía el gris, pero después de tando tiempo viviendo en la ignorancia y la ingenuidad, creo que sólo existe el blanco y negro, lo bueno y lo malo; y tú tan sólo te puedes situar en uno de los extremos.
 No te puedo decir que seas de las mejores personas que he conocido, la que más me hace reír, el que me anima y sorprende; no puedo, porque ninguna de esas descripciones te harían justicia, y cualquier comparación es odiosa, si se compara contigo.
 No encuentro una forma adecuada de llamarte, ya que siempre hablas en tercera persona, y a mí me llamas de las formas que nunca he permitido a nadie hacerlo, por lo cursis y empalagosas que suenan; pero aunque sea extraño, si las dices tú... me suenan normales. Será porque eres una de ellas, como las películas románticas que veo y me acuerdo de ti. Raro, ¿no? Aunque para salir de ese mundo de pastelería y papel crouché, no hay nada mejor que pensar en mi director favorito, ese que no conocías y te obligué a ver; pero creo que después bien que te vengaste de ello. En mi vida había conocido a una persona que fuera peor en la cama que yo (esa frase ya te la dije, y si la metes dentro de su contexto, seguro que tú la entiendes). Pero en los sueños, debiste perdonarme, porque me encantan tus despertares y pensar en ti bajo la lluvia de las canciones.
 Creo que ya he cumplido una parte de lo que te prometí, aunque esto no sea mucho; cumple lo que me pediste, que los personajes de la historia fuesen felices; y éstos lo son. Al menos yo lo soy, y mucho; y si tú no lo eres, espera a que te cuente el ratón y la rana y entonces te ríes.
Hasta luego,
Raquel.
P.D. Este texto tiene bastante tiempo, ya que es del 2008. Lo encontré el otro día cuando estaba rebuscando en mi antiguo blog. Y como me gusta recordar, lo pongo. Lo escribí justo después de la bomba que pusieron en el edificio central de la Universidad de Navarra, donde estudio.